Silenciosa, ermitaña e indiferente el éxito de Meg White, la batería de The White Stripes.

Por Sergio Del Amo | 29 Dic 2020


Junto a su exesposo, Jack White, formó uno de los dúos musicales más icónicos de las últimas décadas. Sin embargo, una vez la banda se disolvió en 2011, no se ha vuelto a saber prácticamente nada de ella. Ahora los White Stripes reeditan un disco recopilatorio.

La vida de Meg White, la mitad de los extintos The White Stripes, está repleta de misterios. Cuando la banda fundada por el que fuera su exesposo, Jack White, irrumpió en la escena musical en 1997, fueron algo así como un catalizador para el renacimiento del garage rock a principios del presente siglo. Cierto es que, para sorpresa de muchos, en 2011 decidieron disolverse de mutuo acuerdo. Pero, innegablemente, años después su legado se mantiene más vivo que nunca. Muestra de ello es que hace escasos días editaron un recopilatorio que aglutina sus grandes éxitos, así como el hecho de que, desde 2003, los hooligans se han apropiado de su Seven Nation Army en las gradas de los estadios de fútbol. De querer a volver a reunirse en un futuro no cabe duda de que todos los festivales del globo les pondrían sobre la mesa un suculento cheque. Aunque otra cosa, obviamente, es que aceptaran la oferta.

Jack y Meg se conocieron siendo adolescentes en Royal Oak, Michigan. Ella trabajaba como camarera en el restaurante Memphis Smoke, donde él solía leer poemas y tocar algunos temas. Conectaron de inmediato. Tanto es así que, en septiembre de 1996, se casaron. Desde ese preciso momento Jack dejó de llamarse Jack Gillis (su verdadero nombre) para convertirse en Jack White. Su ambición musical era bien conocida por todos, pero con lo que jamás contó él es que su esposa, en 1997, aprendería a tocar la batería de forma autodidacta. Así fue como nacieron en Detroit The White Stripes. Con su primer álbum The White Stripes se convirtieron en un fenómeno. Poco después, en 1999, se divorciaron. No obstante, aquel mismo año editaron su primer álbum homónimo y, prácticamente de la noche a la mañana, se convirtieron en un fenómeno musical en Estados Unidos. Lo chocante del asunto, eso sí, es lo que estaba por venir: en vez de presentarse ante la prensa como una pareja de divorciados bien avenida, prefirieron hacernos creer que en realidad eran hermanos. Como era previsible, los rumores acerca de su verdadera relación no tardaron en llegar. En 2002, cuando el periodista Chuck Klosterman les preguntó sobre ello, Jack contestó: “Al final, dentro de veinte años, lo único que importa de cualquier banda es si la música era buena. Nos hemos dado por vencidos. La gente puede decir lo que quiera en este momento. Nunca nos importó. Nunca intentamos crear esto. Nunca intentamos ser unos iconos o llamar la atención. Nunca nos sentamos a propósito y dijimos: ‘Si decimos estas cosas, la gente hablará de nosotros’. A América le encantan los chismes. Los chismes son lo que todo el mundo quiere. Si te dijera que Meg es mi prima, y que siempre ha sido mi prima y que podría probarlo, la gente diría que eso también es mentira. La gente no creería la verdad. La razón por la que no queremos hablar de esto es porque perpetúa la idea de que estamos tratando de hacer todo esto a propósito. Si hubiésemos querido engañar a la gente, habríamos inventado una historia mucho más loca que esta”. Efectivamente, nos tomaron el pelo. Por mucho que haya pasado el tiempo se siguen desconociendo los motivos reales de esta mentira. Puede que únicamente quisieran que se hablara de su música. O bien retroalimentaron el embuste para proteger, a su manera, su vida privada. Sin embargo, lo que llama la atención de The White Stripes son los numerosísimos comentarios machistas que Meg tuvo que leer casi a diario. Muchos fueron los periodistas que, en aquellos tiempos, tacharon de “primitiva” e “infantil” su forma de aporrear la batería cuando, precisamente, ese era su encanto. Ciertamente, nunca enarboló ninguna bandera feminista ni nada que se le pareciera, pero demostró con creces que podía ser mucho más ruidosa y contagiosamente rítmica que cualquier fornido hombre tocando ese mismo instrumento. Asimismo, también la tildaron de vivir en la sombra de Jack, permaneciendo a su lado en silencio o soltando meros monosílabos en las entrevistas promocionales. En el documental de 2009 Under Great White Northern Lights hay una escena que resume a la perfección su personalidad. Jack comenta: “Meg, ¿puedes decirle algo al mundo entero de una vez por todas? La gente piensa que nunca te dejo hablar cuando hacemos entrevistas. ¿Puede decirles que eso es…? Bueno, solo diles cuál es tu opinión». Su respuesta la define: “Estoy callada. ¿Qué puedo decir? Diría que tú no tienes nada que ver con eso”. La prensa especializada, ansiosa por coronar a una nueva diosa del rock’n’roll, se encontró con una mujer timidísima, una introvertida de manual.


De todos modos, 2007 fue el año que lo cambió todo. The White Stripes cancelaron las fechas de su gira estadounidense a través de un comunicado que afirmaba que “Meg White sufre ansiedad aguda y no puede viajar en este momento”. Su última aparición pública acontecería en 2009 en la NBC, en el programa con el que Conan O’Brien se despidió de su célebre Late Night. Interpretaron We’re Going to Be Friends. Y, curiosamente, aquella noche ella cambió la batería por una guitarra. Lo que sus fans no sabían es que, tras esa breve actuación, en febrero de 2011 anunciarían su separación. Desde entonces nuestra protagonista desapareció completamente del mapa. Más allá de que en 2009 se casó con Jackson Smith, el hijo de Patti Smith y del difunto Fred Sonic Smith de los MC5 (su felicidad fue efímera, ya que en 2013 se divorciaron), lo poco que sabemos de Meg White es por las entrevistas que Jack ha concedido durante los últimos años. Si antes era emocionalmente reservada, ahora con más razón. “No creo que nadie hable con Meg. Siempre ha sido una ermitaña. Cuando vivíamos en Detroit tenía que conducir hasta su casa si quería hablar con ella”, comentó en 2014 a las páginas de Rolling Stone. En esa charla Jack dejó entrever el perpetuo desencanto con el que su compañera de fatigas vivía cuando el éxito les sonreía: “Cuando estábamos trabajando en el estudio y algo increíble sucedía, yo decía: ‘¡Maldición, acabamos de entrar en un nuevo mundo ahí mismo!’. Y Meg permanecía sentada en silencio. Recuerdo haber oído a Ringo Starr decir: ‘Siempre sentí lástima por Elvis, porque en The Beatles nos teníamos a nosotros para hablar de lo que sentíamos. Elvis estaba solo’. Yo estaba como, ‘¡Mierda, intento estar en un dúo donde la otra persona no habla!’. A menudo la miraba en el escenario y decía: ‘No puedo creer que esté aquí arriba’. Creo que no entendía lo importante que era para la banda, para mí y para la música. Ella era la antítesis de un batería moderno. Tan infantil, increíble e inspiradora. Todo lo que no se hablaba no importaba, porque en el escenario… nada de lo que haga superará eso”.

Del mismo modo, por mucho que el dúo se disolviera amistosamente, Jack agregó meses después de aquella entrevista que ella “no contesta al teléfono” y, además, descartó por completo una posible gira de reunión. También volvió a hablar de Meg en 2018 en Rolling Stone. Aunque esta vez los fans nostálgicos se le echaron encima porque, de forma maliciosa, afirmó que “solo había dos personas en la banda. Yo escribía, producía y dirigía. Las melodías venían de una persona, el ritmo venía de Meg”. Tras relegarla a un segundo plano, desacreditarla de algún modo creativamente, no le quedó otra que rectificar días más tarde con las siguientes palabras: “Creo que nuestro éxito fue realmente por Meg. Su atractivo y lo que trajo a la banda fue ese asombroso minimalismo que rompió las cosas, como muchos de los artistas del movimiento cubista o el movimiento De Stijl en los años veinte. Lo que ella me aportaba era que me conmovía. Yo escribía una canción, ella le daba la vuelta y se volvía minimalista y mucho más poderosa. Era más poderosa que si tuviéramos tres guitarristas en la banda, y eso es todo debido a ella y a la belleza que aportaba a la música».

Meg White, quien acaba de cumplir 46 años, no ha vuelto a subirse a un escenario ni a tocar la batería en público desde que The White Stripes pusieron punto final a su carrera. Por no tener ni tiene redes sociales, y tampoco se sabe en qué ciudad reside actualmente. Ajena a todo lo que fue, a lo que simbolizó para toda una generación, prefiere vivir discretamente alejada de cualquier tipo de foco. En realidad, si lo pensamos fríamente, eso es lo que siempre quiso esta (anti)heroína del rock. Mis hijos de seis y dos años han pasado una fase reciente de obsesión con la película Sonrisas y lágrimas. De manera que creía estar en buena forma en el departamento de preguntas difíciles. El primer visionado completo de las aventuras de la familia Von Trapp, rebautizada por el pequeño como “los nenes que cantan”, me enfrentó a cuestiones del tipo: ¿qué es una monja?, ¿qué es un nazi?, ¿hay niños nazis?, ¿la monja viejita es la mamá de María?, ¿las monjas se embarazan?, ¿el trabajo de las monjas es cantar en las bodas?, ¿cómo sabe el Capitán que se está enamorando? Pero incluso contar las complejidades del Anschluss a un niño de primero de Primaria es varios niveles más sencillo que abordar las cuestiones que genera Soul, lo nuevo de Pixar, que se estrenó en la plataforma Disney + el pasado día de Navidad. Ahí el interrogatorio va más por: ¿por qué las almas quieren ir al cielo?, ¿qué pasa cuando te mueres?, ¿el alma tiene esqueleto? y otras cuestiones que van surgiendo durante y sobre todo después de 107 minutos de metraje y que darían para varios temarios de filosofía –¿la persona nace o se hace?– y teología. Al menos los adultos que hayan ido al día con los estrenos de Pixar tendrán el músculo bien trabajado. Inside Out abordaba la depresión, Coco, la pérdida y el luto, y con Soul entramos de lleno y sin anestesia en el terreno de la metafísica y el sentido de la vida. De hecho, hay quien sostiene que desde Up, que se estrenó en 2009, el estudio del que se esperan las mejores películas infantiles ha estado ocupado con un solo tema: la muerte. Si acaso la principal diferencia entre este último estreno y los anteriores es que Peter Docter ya ni siquiera pretende que su principal público sean los niños. En los noventa en la época conocida como el “Renacimiento de Disney” se estableció la fórmula canónica para la película infantil de prestigio y gran presupuesto, que después han adoptado con distintos estilos otros estudios como DreamWorks e Illumination. Tendría al menos dos planos de narración, uno más para niños y otro para mayores, y estaría salpicada de bromas y comentarios que solo los adultos podrían desbloquear, como premios que se les arrojan cada pocos minutos por estar haciendo medio bien su trabajo como cuidadores. Así por ejemplo, en Aladín, cuando todo empieza a sacudirse en la escena de la boda, el Genio dice: “Pensaba que la Tierra no se movería hasta la luna de miel”. O cuando Buzz Lightyear conoce a Jessie en Toy Story y, de pronto, sus alas se despliegan sin su control, en una no tan sutil erección metafórica para astronautas. La fórmula se subvirtió en los dosmiles y, llegados a esta década, no es en absoluto exagerado decir que las películas de Pixar son solo accesibles en su conjunto para cerebros adultos no distraídos –que nadie intente ver Soul consultando de vez en cuando apps en el móvil–. Sólo de vez en cuando los guionistas recuerdan que se supone que hay niños mirando e incluyen algún pasaje puramente infantil. En Soul hay muy pocos momentos de puro slapstick –tiene mucho éxito entre los niños uno que dura apenas dos segundos: cuando las almas comen pizza y, puesto que son incorpóreas, la pizza sale igual que ha entrado. Como siempre, lo escatológico triunfa entre ese target– y la mayoría están concentrados en el segmento en que el protagonista, el músico Joe Gardner, y un gato intercambian accidentalmente sus cuerpos. En el portal The Ringer varios redactores hicieron el experimento de ver la película con sus hijos y contarlo. La mayoría también reporta que “el trozo en el que el tío es un gato” fue el más exitoso en sus casas, y que, en una escala de 1 a 10, sus críos captaron “como un 2” del mensaje de la película. La ventaja es que el filme está por lo general situado en un plano tan alejado de las habilidades de comprensión de un niño que es difícil que les genere la angustia o el miedo que podían dar algunos fragmentos de Coco o Inside Out. Tan solo las almas perdidas, que representan a esas personas que “no han podido superar sus ansiedades y obsesiones” y el semisádico giro final de los últimos cinco minutos provocan auténtica congoja. A cambio, los adultos obtienen todo tipo de material cómico y trágico para explayarse, desde las referencias a las grandes figuras de la historia, de Lincoln a Carl Jung, que fracasaron a la hora de formar la futura personalidad de 22, un alma que se prepara con poco éxito en El Gran Antes (una especie de limbo) para su vida en la Tierra, a los guiños a las películas de Powell y Pressburger. La versión original, además, ofrece fantásticas interpretaciones de actores que no se prodigan lo suficiente en el cine, desde Tina Fey a Richard Aoyade. A medida que avanzábamos en el complicado argumento de la película, me quedó claro que no me iba a encontrar con la película que pensaba, que era “el filme jazzero de Pixar” o “la primera película de Pixar con un protagonista afroamericano”, aspectos en los que se había centrado la promoción. Y aunque disfruté mucho con el despliegue visual (las pelis de Pixar ya no pretenden maravillarte, como hacían las del primer Walt Disney, sino subyugarte, que te rindas ante las posibilidades infinitas de la animación) y hasta cierto punto con el argumento, no pude evitar añorar esa película, la que yo creía que iba a ver y no vi, la historia de ese tipo un poco melancólico, Joe, de su madre que le quiere y sufre por él porque ya tuvo que mantener a un marido músico de jazz con su sueldo de modista, la película que haría algo central del conflicto entre perseguir su sueño de ser músico o aceptar el trabajo seguro como profesor en la escuela. Es admirable, por cierto, que Docter y el co-director y co-guionista que entró en el proyecto entre otras cosas para aportar credibilidad en los temas afroamericanos, Kemp Powers, resistieran la tentación de darle a Joe una trama amorosa, por ejemplo, una de las muchas reglas de guión que se salta Soul. De niña ya fui una espectadora obstinada y a veces un poco estúpidamente anclada en el realismo como forma narrativa. Cuando veía La princesa prometida me apetecía que saliese más “Kevin Arnold” (Fred Savage), el niño enfermo al que le cuentan el cuento, en medio de tanta fantasía. Mi parte preferida de Laberinto tenía que ver con el mundo real de Jennifer Connelly cangureando a regañadientes a su medio hermano Toby, en parte porque Connelly me parecía guapísima y fascinante, y también porque el universo escheriano con David Bowie como Jareth, el rey de los Goblins, me daba pavor. Me volví a sentir así de plana y costumbrista viendo Soul, un poco agobiada por el Gran Más Allá y el Gran Antes y deseando volver a ver a Dorothea, la displicente diva del jazz que llama “Teach” a Joe, y a Connie, su alumna más aventajada, que necesita apoyo y confianza para seguir tocando la trompeta, personajes brevísimos pero muy bien definidos. Ese otro filme hubiera estado bien también, pero sería desde luego muy poco Pixar. Y generaría preguntas un tanto más fáciles de responder.



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