Los comienzos del surf en Europa no fueron como creías. Parte I

Tal vez porque la historia del surf está escrita principalmente por historiadores estadounidenses, su relato abuse en situar a los americanos como sus más importantes protagonistas.

Así ocurre por ejemplo con la parte de la historia que cuenta cómo el surf llegó a Australia; o incluso cómo éste se desarrolló a partir del siglo XX en Hawaii. Sucede lo mismo con el capítulo que cuenta cómo el surf llegó a Europa, con los californianos Peter Viertel y Dick Zanuck como responsables. Sin embargo, artículos publicados en los últimos años demuestan que antes de la llegada de los americanos a Biarritz en el verano de 1956, en Europa ya se practicaba surf. Sobre esas historias, anteriores a 1950.

Durante los primeros años del siglo XX, especialmente en los años posteriores a la I Guerra Mundial, el mar y las playas comenzaron a disfrutar de una creciente popularidad entre la población europea, principalmente en el Reino Unido y Francia. Los "baños de surf", promovidos por una industria turística en pleno desarrollo, ofrecían a la población la posibilidad de beneficiarse de un ambiente saludable alejado de la contaminación de las grandes ciudades, permitieron a la gente comenzar a disfrutar del océano. Pronto, los bañistas descubrieron que las olas, con su fuerza, tenían la facultad de impulsarlos hasta la orilla. Tras las primeras experiencias únicamente con el cuerpo, aparecieron los primeros objetos flotantes que mejoraban el deslizamiento.

Se cree que el surf llegó a las Islas Británicas tras la I Guerra Mundial, a través de soldados británicos que conocieron en el frente a soldados de Sudáfrica y Australia que ya practicaban surf. Ejemplo de ello es la figura de Nigel Oxenden, soldado británico que tras la Guerra estuvo en Hawaii, Australia y Sudáfrica, y que en el año 1923 creó el Island Surf Club en la isla de Jersey. Se conservan también documentos gráficos de la práctica del bellysurfing en playas inglesas, francesas, portuguesas y españolas desde principios del siglo XX. Una historia llena de personajes, lugares e hitos que rebelan la riqueza de la historia del surf en Europa.

En 2011, la escritora e historiadora hawaiana Sandra Kimberley Hall descubrió una carta escrita el 22 de septiembre de 1890 por el príncipe Jonah Kuhio Kalanianaole Piikoi. La carta estaba dirigida al cónsul hawaiano en las Islas Británicas, Henry Armstrong. A finales del siglo XIX era muy habitual que los miembros más jóvenes de la realeza hawaiana completasen su formación en el extranjero, principalmente en los Estados Unidos y en el Reino Unido. Antes de su año de estancia en Inglaterra, Jonah Kuhio y su hermano, el príncipe David Kahalepouli Kawanaankoa Piikoi, habían pasado un año en California, a donde habían llevado el surf en 1885. En la carta el príncipe contaba como su tutor, John Wrightson, les había premiado con unos días de vacaciones en la costa por su buen rendimiento académico. El lugar elegido fue Bridlington, en el noreste de Inglaterra. No se sabe cómo, pero a los pocos días de su llegada a Bridlington los príncipes se habían hecho con dos tablas de surf, que posiblemente construyeron con madera comprada a algún constructor de barcos de la zona. Al igual que había ocurrido en Santa Cruz, de esta manera los hermanos traían también el surf a Europa.

"Hemos disfrutado mucho de nuestras vacaciones en la costa. Hemos salimos a nadar todos los días. El clima ha sido muy ventoso, pero no nos ha importado, ya que nos gusta que el mar esté agitado para poder surfear. Hemos disfrutado mucho del surf y la gente local se ha sorprendido al vernos coger olas en las rompientes. Incluso Wrightson está aprendiendo a surfear y será capaz de coger olas en unos pocos días. Le gusta mucho y dice que éste es un muy buen deporte".


Al igual que ocurrió en California, la visita de los príncipes hawaianos no fue seguida por la práctica del surf por parte de gente local, y tuvieron que pasar varias décadas hasta que hubo nuevas noticias sobre surf en las Islas. La primera referencia es una fotografía tomada en 1904 en North Devon, en la que aparece el británico Hobart Braddick, fundador del Braddick's Holiday Center, con un bellyboard.

Posiblemente el tutor de los príncipes hawaianos, John Wrightson, haya sido el primer europeo en practicar surf en el continente.


IGNACIO DE ARANA




A principios del siglo XIX, las islas Hawaii iniciaron una triste etapa en su historia con la llegada de los misioneros calvinistas. La nueva sociedad anglosajona significó avances tecnológicos y económicos, aunque la repercusión de éstos sobre los nativos fue escasa. Las enfermedades traídas por los “occidentales” diezmaron una población que en 1890 sólo contaba con 40.000 nativos. Se estima que más de 400 mil hawaianos fallecieron durante esos años. Esa amplia mortandad se combinó con una religión intransigente hacia cualquier modo de vida que no fuese el del hombre blanco cristiano de raíz protestante. Prácticamente todas las tablas de surf de la época desaparecieron. Para compensar el descenso de la población local, los dueños de los campos de caña contrataron a miles de trabajadores provenientes de Japón, Filipinas, China, España y Portugal. Ello llevó, a principios del siglo XX, a que varios países abriesen embajada en las Islas para representar a los trabajadores desplazados.


En 1914, Ignacio de Arana, cónsul de España en Hawaii entre 1911 y 1914, regresó a Álava con una tabla de madera: un olo de 80 kilos de peso con la que se cree surfeó en la playa de Waikiki. Gracias a las investigaciones realizadas por el periodista Javier Amezaga, se sabe que entre su equipaje trajo también un ejemplar del libro “The Surf Riders of Hawaii”, escrito por A. R. Gurrey Jr. en 1911. Si bien los familiares de Arana han conservado el libro hasta hoy, la tabla no sobrevivió a la Guerra Civil, ya que se usó en esos años como leña para sobrellevar los rigores del invierno. A pesar de que no hay constancia de que Ignacio de Arana haya surfeado en el Cantábrico a su regreso de Hawaii (moriría en Liverpool en 1919), el suyo es el primer contacto con el surf de alguien de nuestras costas del que existe una evidencia física.

En esta época los primeros ecos sobre el surf comienzan a llegar a la prensa europea. Del mismo año de la publicación del libro “The Surf Riders of Hawaii” es la primera referencia en prensa que se efectúa relativa al surf en nuestro país. Según las investigaciones realizadas por el historiador Daniel Esparza, fue en el diario La Vanguardia del 5 de septiembre de 1911, en un artículo, en el que bajo el título de “Un nuevo deporte acuático: los montadores de olas”, se daba a conocer un libro escrito por Alexander Hume Ford en el que se describía la práctica del surf en Hawaii.

“En un curioso libro acerca de las islas de Oceanía, Mr. Alexander Hume Ford habla de un deporte acuático, tan raro como nuevo, al que son muy aficionados los indígenas de Hawaii. En Hawaii, dice el autor, las olas son grandes y largas, y los entusiastas del deporte pueden entregarse a él en todo tiempo. En Waikiki las grandes olas comienzan a formarse a una milla lo menos de los arrecifes más avanzados, y el aficionado va a buscarla a lo lejos para volver a tierra transportado en la cresta de las mismas. Al formarse la ola, el indígena se sostiene en su “caballo blanco”, como llaman a la tabla, que les sirve de base, y la ola le lleva hacia tierra, o bien se precipita por la pendiente formada por las aguas, como por un tobogán, y va a encaramarse sobre otra ola que avanza delante.

Cuando está más amenazador el mar, el nativo sale en busca de las olas más lejanas y vuelve subido en ellas, tranquilo y sonriente, hasta quedar depositado en la playa por las mismas aguas. Las tablas que les sirven para esta diversión son de caoba, y antes medían cerca de cuatro metros de largo, pero ahora las usan más pequeñas. Algunas no pasan de los dos metros y medio de largo, pero no obstante su pequeñez pueden sostener de pie al hombre de más peso, si éste sabe mantener el equilibrio y siempre que la tabla vaya impulsada por una ola, pues en aguas tranquilas, bastaría el peso de un niño para hundirlas.

No hay que decir que este ejercicio requiere mucho músculo para montarse en las olas más grandes y guardar luego el equilibrio sobre la endeble tabla. Este deporte ha nacido indudablemente de otro muy popular en aquellas islas que consiste en precipitarse por las pendientes de las montañas, de pie sobre una tabla cuya dirección gobierna una especie de remo. Es posible que dentro de algún tiempo se extienda por Europa el deporte hawaiano, porque hay en el extranjero personas que lo practican, considerándolo muy divertido y a propósito para desarrollar las fuerzas y la agilidad; solo faltaría para ello el terreno o la playa mejor que se preste a ello, ya que no abundan las costas cuyas olas reúnan tales circunstancias, al encresparse habitualmente”.

... Continuará.


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