El Niño de las Pinturas sigue dando vida a los muros de su ciudad.

“El mundo está oscuro, ilumina tu parte” R. Ruiz.


El escritor de grafitis granadino continúa su proceso creativo pese a la pandemia y publica su segundo libro el mes que viene. Recorremos con Raúl Ruiz parte de su trayectoria y nos adentramos en las dualidades que surgen de este singular movimiento artístico.

En julio de 1971, el diario New York Times dedicaba un artículo al hasta entonces desconocido e incipiente arte de “escribir en las paredes de la ciudad”. Muchos especialistas coinciden en que, aunque ese contexto marca el origen de una cultura hip-hop nacida en los márgenes de las ciudades americanas bajo la opresión y la miseria, este tipo de expresiones han venido sucediendo siempre. La humanidad ha sentido la necesidad de plasmar sus inquietudes, reflexiones o apelaciones en el espacio público de manera constante. Como precedentes clásicos al grafiti, se podría nombrar desde las pinturas rupestres, las inscripciones halladas en las catacumbas romanas o en las ruinas de Pompeya, hasta incluso las marcas que marineros, piratas o combatientes dejaban sobre distintas superficies al pisar tierra firme. Ya en pleno auge posmodernista, fueron los adolescentes del gueto en ciudades como Filadelfia o New York los que mediante sus trazos en muros y vagones de metro o tren fueron afirmándose como sujetos activos ante el resto de una comunidad que les era hostil. En un modelo social diseñado bajo la férrea meticulosidad del capitalismo de horarios y operarios, el grafiti evidenciaba que tras esa enfermiza obsesión por el control absoluto, aún había espacio para el color y la rebeldía.

Convertido hoy en fenómeno sociocultural multitudinario, el grafiti forma parte del paisaje diario de lugares en todo el mundo. Lo encontramos en prestigiosas galerías de arte, en festivales que decoran y transforman ciudades enteras —como los de Ordes en A Coruña o Penelles en Lleida— e incluso ya existen Tesis Doctorales que disertan con profundidad acerca de la disciplina, como la reciente del granadino Ramón Pérez Sendra. Granada es lugar de referencia en la escena urbana internacional y El Niño de las Pinturas, su máximo exponente.

“El grafiti es una manera de entender la vida, dar color a los espacios y tenerlos en cuenta. Los lugares te cuentan mucho, te dan luces y sombras: de la gente que pasa, de árboles cercanos”, así se presenta Raúl Ruiz en su perfil de Twitter. Él no ha dejado de expresar su particular concepción de la vida y el arte durante toda la pandemia: la portada del segundo disco del Niño del Albaicín, ‘Las flores que nacen en el campo de batalla’; la recuperación de una de sus piezas más famosas —borrada dos veces y vuelta a pintar—, la jirafa cablejera, en forma de trampantojo; la donación de piezas para recaudar dinero para el Banco de Alimentos; un mural en el Puerto de Sagunto, Valencia; su gata Tana; la ilustración de un cuento infantil, Soñando sueños de Chelo Araque; la camiseta de Hora Zulú y mucho más. Nos recibe en su taller, en su barrio, el Realejo y nos cuenta que está terminando su segundo libro. El primero, A través del muro, ya en su 3ª edición, muestra a través de fotografías de su archivo personal: piezas, recortes de prensa, fragmentos de libros, frases, apuntes y recuerdos hasta el año 2006; “Recoge mucha calle” nos dice Raúl. El segundo libro está a punto de publicarse y abordará su obra, en la misma línea que el primero, hasta la actualidad.


Comenzando con tu experiencia en Los Jinetes del Apocalipsis —su primer grupo de escritores de grafiti—, La Tapadera Shop, multitud de jams, exposiciones, viajes,… ¿Qué recuerdo guardas de todo aquello y de qué manera influyó en lo que ha venido después?, ¿En qué momento crees que esa tendencia a la libertad y la explosión artística inicial cambia y se empieza a perseguir a los escritores de grafiti en Granada? A mí aquello, todo ese rollo tan auténtico y tan bonito, lo que hizo fue enamorarme, me encantó. Sentirme tan bien, haciendo lo que me gusta, compartiéndolo, conociendo a gente nueva… La Tapadera, en concreto, se convirtió en una especie de centro social que funcionó como punto de encuentro para todo aquel que quería iniciarse en la cultura o que venía a pintar desde otros lugares.

Se formó un grupo de escritores fuerte que podíamos ir a pintar de día prácticamente donde quisiéramos, teniendo un poco de vista. Con la entrada en vigor de la Ordenanza Cívica en 2009, se borraron grafitis y se aplicaron medidas mucho más restrictivas

En 1997 pintábamos a la luz del día pero siempre en las mismas calles: Escolapios, calle Yerma, San Isidoro... eran minis halls of fame en medio de la ciudad y estaban bien, pero fuera de ahí, no salíamos. En 2001 ampliamos a la Plaza del Ayuntamiento, en Gran Vía enfrente de Gobierno Civil, en Plaza de Toros… ahí ya se animó más gente, como Chicle o Lechu. Al final se formó un grupo de escritores fuerte que podíamos ir a pintar de día prácticamente donde quisiéramos, teniendo un poco de vista. El punto de inflexión llegó con la entrada en vigor de la Ordenanza Cívica del Ayuntamiento de Granada en el 2009 y pasó como había pasado en otros sitios, como en Málaga, donde se borraron grafitis y se aplicaron medidas mucho más restrictivas.

Actualmente, los Ayuntamientos, responsables de los espacios públicos donde se desarrolla este tipo de arte, invierten publicidad y dinero para frenar su crecimiento, pero al mismo tiempo lo utilizan como reclamo turístico por el gran interés que suscita y eventualmente “habilitan” espacios para la realización de este arte. ¿Cómo interpretas esta dualidad y por donde crees que pasa una solución factible a estas contradicciones? Llevo contactando con instituciones unos 20 años. Bajo esa dualidad y durante este periodo, me han dado premios y me han cobrado 5.000 pavos en multas; en esa dualidad me han encargado carteles de eventos importantes y me han prohibido restaurar obras aclamadas por la gente. Son cosas que las piensas y te dices: tendrán su lógica. Lo único es que al final lo que está involucrado no es ni uno mismo, es el trabajo que se realiza, donde le pone más cariño; ahí sí que molesta más. La solución está clara y está llegando, pero nos cuesta ver todo con perspectiva. Como decía el poeta Eduardo Galeano, “Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. Es lo único en que confío, que la gente sea capaz de ver con sus propios ojos y tengamos la oportunidad de encontrarnos de verdad.

“Somos más que las palabras que nos definen”. Plaza Joe Strummer, Realejo (Granada, 2001-2020) Jaime Cinca


La iniciativa ‘Granada + Imagen’ del Ayuntamiento de Granada a través de la la Oficina Técnica Agenda 21 Local, ya desaparecida, llevó a cabo un un inventario de muros municipales, ¿era esta una solución para disponer de lugares donde escribir? Nosotros nunca habíamos estado a favor de legalizar paredes porque la idea que teníamos era que todas eran legales. La ciudad siempre está creciendo, entonces si marcamos determinadas paredes como “legales”, cuando la ciudad crece, esas nuevas paredes se pierden. Lo que interesaba era hacer un trato vivo, que tuviera movimiento como la ciudad, para que no caducara y que no tuviéramos que revisar “el contrato” cada tres días. Con Agenda 21 localizamos y registramos muros, y aunque el proyecto desgraciadamente no sigue, nosotros seguimos marcando espacios. Si tenemos que optar por amoldarnos a las paredes que se pueden pintar, hagámoslo; es que nos frieron a multas; si hay que pasar por el aro, estos lugares deben ir renovándose también. Cuando las paredes que pactamos se acaben, no queremos que se cree un movimiento de grafiti que se esté pisando a sí mismo todo el tiempo, porque entonces, más que generar comunidad, habrá problemas. La ciudad es muy grande, muy fea, y le hace falta color por todos lados.

Louis Armstrong. Parque de la Palma, Realejo (Granada, 2020) Jaime Cinca


Getting up, tagging, bombing, stencil, grafiti, posgrafiti, arte urbano, street art.... La mayoría de los informadores mediáticos que se acercan al movimiento, lo hacen con un conocimiento del contexto teórico bastante superfluo. Esa torpeza en el trato, sumada a la gran variedad de matices terminológicos existentes, pueden ser el principal problema a la hora de poder abordar el tema desde una perspectiva justa y real. ¿Se ha adoptado el término arte urbano, por ser menos controvertido y no tener la connotación negativa que se han encargado de endosar al grafiti? La palabra grafiti ya de por sí es fea, es el nombre que puso parte de la sociedad a la movida para desprestigiarla; viene de rayajo, de garabato. Nosotros somos escritores de grafiti, pintamos y escribimos en otras superficies. Si observamos la evolución de las cosas, esa terminología cobra sentido: cuando eres joven y no tienes dinero para pinturas o para botes, ¿Qué puedes hacer?: firmas. Cuando tienes un poco más pintura y conocimiento, haces una firma gorda, le metes relleno; luego tienes más material y puedes hacer una pieza más grande, es un camino iniciático muy natural. Si empiezas desde crío, vas creciendo con la movida sin querer y poco a poco, llega un momento en el que quieres controlar otra cosa y romperlo todo para empezar algo nuevo y distinto.

Cuesta Escoriaza, Realejo (Granada, 2001) Jaime Cinca


Creo que este arte implica algo que nos concierne a todos: disfrutar de nuestro entorno y de su cambio y evolución, que está vivo como nosotros y que incluso podemos incidir en él

Comprendo que haya cierta obsesión por ponerle nombres a las cosas y habrá mucha gente que se dedique a ello, y estoy contento de que existan, pero a mí me dan un poco igual las definiciones. A mí me gusta pintar en la calle y que la calle esté pintá’. De repente, llega una persona y se hace un taqueo super guapo y me gusta el estilazo que tiene, lo disfruto como una cabra, mira qué bonito ha quedao’. Y ahora, de repente, viene otra persona y se ha hecho una plantilla hablando de tal, qué guapo; y ahora, en el otro lado, ha salido del bar una chica con pintura plástica y un pincel, se ha hecho un ratoncito en el hueco ese en el que crece una plantilla en la pared, y se me ponen los pelillos de punta. Yo voy andando por la calle y voy disfrutando de esas cosas, me tienen entretenido... será deformación profesional. Creo que este arte implica algo que nos concierne a todos: disfrutar de nuestro entorno y de su cambio y evolución, que está vivo como nosotros y que incluso podemos incidir en él. Por ejemplo, vas a por el pan todos los días, y hay una esquinilla con tierra, muy sucia, lo ves y dices, mira qué guarrada siempre está lleno de colillas de cigarrillos. Coges tú y un día, sin que nadie se lo espere, ni tú mismo, pones ahí una planta; y ahora, cada vez que pasas por ahí, piensas en cómo estará, llevas agua para echarle... esa relación con aquella esquinilla que era de asco, la has convertido en algo que te da la vida a tí y a los que tienes alrededor.

Calle Solares, Realejo (Granada, 2013) Jaime Cinca


En el momento en el que el grafiti se institucionaliza —a través de exposiciones o lugares específicos— muchos coinciden en que esto sólo sirve para erradicar la esencia del movimiento y lo ven como una intención clara del sistema por organizarlo y controlarlo. ¿Dónde establecemos de nuevo ese punto medio —si lo hay— que pueda contentar a todas las partes implicadas? Si el que pinta grafftis dice que en cuanto el arte urbano entra en una galería de arte ya no es auténtico, lo respeto; compae’, lo entiendo. Si alguien que pinta grafitis me comenta: “eso que has pintado (señala su última creación en óleo en la sala anexa) ahí no es un grafiti”, pues claro que no es un grafiti, es una pintura. Yo soy escritor de grafiti, me he hecho pintor, algunos dicen que soy incluso medio artista, y yo me digo, pues bueno, ¿Por qué no voy a pintar lo que me da la gana?, ¿Por qué no puedo meterlo por aquí y que me vea más gente? El que pinta grafitis de verdad o aprecia mi arte, lo que va a hacer es alegrarse por mí. Lo que no aguanto es que la gente no pinte grafiti y se ponga a categorizar una cosa u otra si no saben de qué están hablando. En un sentido purista, el grafiti era aquello que se hacía en aquel sitio, de aquella manera, en aquel momento y que se regía por unos principios básicos, pero no por eso hemos de volvernos locos. Creo que en el momento en que una persona que no ha pintado en su vida se echa a pintar grafitis y luego quiere seguir pintando usando otras técnicas, se hace tatuador u otra cosa, es algo fantástico; es bueno para esa persona y para toda la comunidad de la cual sea partícipe. En este caso, la gente del grafiti ha aportado mucho al tatuaje.


El “fenómeno Banksy” acapara actualmente todo el interés de los medios generalistas. Volvemos al mismo debate: el proceso de mercantilización y control al que han tratado de someter este arte, aunque parece que Banksy siempre sale ileso y se vuelve a superar. Le están dando mucha caña por este motivo, pero él se ha tirado a la palestra de lleno. Banksy es como un vikingo, yo lo valoro y lo respeto mucho a él y todo lo que ha generado. Ha recuperado la técnica de las plantillas, su entrada en los museos me parece increíble, hace acciones chulísimas. Además, los mensajes que transmite son positivos y reivindicativos. Disfruto de cada intervención que hace. Saca a relucir precisamente lo absurdo y loco de esta sociedad. Yo lo imagino pensando “mira esto, que lo van a comprar caro; lo reviento y lo compran aún más caro”; no puedo dejar de descojonarme.


Muchas de tus obras han tenido que mudarse al extranjero, el Gato Gordo del Realejo se fue a Nueva York, Lorca también está allí y no en pleno centro granadino, la jirafa cablejera se ha hecho trampantojo, algunas se han perdido definitivamente. El grafiti es impermanencia en estado puro, pero ¿duelen unos trabajos más que otros?, ¿debe el grafiti y quienes lo escriben seguir afinando el ingenio para sobrevivir? El grafiti alimenta la imaginación de la gente, la ilusión, las ganas, la curiosidad. En estos tiempos tenemos que ser como Bruce Lee, “lo que está vivo es flexible”, y ser capaces de estar por encima de lo que está pasando y culebrear los problemas. Cuando se pierde un muro, una obra, no se pierde sólo la pieza, la pérdida real es la de la posibilidad de que se pueda hacer más en ese lugar. Si pintar en el centro no es posible porque no hay sitios donde trabajar, si hay pocas cosas, cuando desaparecen significa que por ahí ya no va a haber arte por un rato.


Tenemos que valorar lo que es realmente importante. Si esas piezas que existen les pusiéramos un barniz especial, un cristal, para que se quedaran para siempre, no se podría pintar ahí nunca más y no se trata de eso. Tenemos que tener claro lo que pedimos, que lo que ha generado que esto pase, que nos ha llegado tan hondo que cuando se ha ido lo hemos echado de menos, siga pasando; porque entonces ahí, ha habido una comunicación, un cariño, una implicación. Eso es lo bonito de la historia; si se pueden conservar cosas, gloria bendita, pero lo importante es que puedan seguir pasando.


Con tantas dificultades para llevar a cabo vuestro arte, la periferia y los Hall of fames (lugares abandonados normalmente a las afueras de las ciudades que sirven como lugar de creación y reunión) aparecen como las zonas habituales para que los escritores puedan desarrollar sus murales con mayor facilidad, ¿Está abocado este modelo de expresión a la periferia de los espacios urbanos? Grafiti siempre hay y siempre va a haber, la sociedad elige qué grafiti quiere tener. En el tiempo que pintábamos en el centro, estoy totalmente seguro que si hiciéramos un estudio, nos mostraría que el bombardeo masivo de grafiti en el centro en esa época era bajo. Porque si la gente que hace grafiti siente que tiene un espacio para pintar, de día, a gustito, para compartir su arte, le presta atención. Cuando la ciudad decidió que en el centro ya no podía haber grafiti, lo que decidió no es que no hubiera grafiti, lo que decidió es que no iban a haber más muros guapos, currados, de los que iba a buscar gente de fuera que venían de viaje a disfrutar de esa cultura internacional que teníamos.


La “Teoría de las ventanas rotas” ha sido empleada históricamente para desprestigiar este arte, asociándolo al desorden público que desemboca en violencia y delincuencia. Esos mismos planteamientos pueden ser rebatidos a la inversa argumentando cómo tus obras han conseguido reforzar el proceso de identificación de los vecinos con el propio espacio en el que habitan, generando una voluntad por cuidar, respetar y valorar ese lugar. ¿Se puede afirmar entonces que el grafiti es un arte de cuidados y soluciones, más que de destrucción y problemas? Si tú llegas y coges una pared que estaba hecha una mierda, le pegas un limpiado, le das una mano de pintura plástica en condiciones y le haces un dibujo bonito, se va a quedar un barrio de foto y la gente responde. Hay señores en mi barrio que me lo han dicho: “lo que usted pinta o no pinta, a mí me da igual, pero la verdad es que, ¿Cuándo había venido gente aquí a sacar fotos a las paredes?, eso lo ha hecho usted”. Cualquier cosa que pintes en una pared que está hecha polvo va a estar mejor de lo que estaba y encima la proteges, le das más vida, una capa de protección; ¿Que problema hay? Igual es que la gente que pasaba por esa pared, que no había mirado jamás, de repente se da cuenta que existe.

Se quejan de que los chavales pinten pero el edificio se cae y no lo arreglan

No sé cómo puede haber alguien que se queje de “me han pintado esto”, ¡Pero si lo tenías completamente descuidado, hecho polvo, arréglalo!; si es propiedad del ayuntamiento: que lo cuide y lo conserve, que esté al servicio de la gente. Al final te pintas las paredes de fuera, que son muros de hormigón nuevos. En el Albaicín pasa continuamente, cogen a un grupo de chavales, les denuncian, les meten un multón por pintar algo muy importante y lo que han pintado es un muro de hormigón que cerraba lo que era importante. Se quejan de que los chavales pinten pero el edificio se cae y no lo arreglan.

El señor de la casa que pinté en la calle Molinos, cuando llegó la presidenta de la Asociación de Vecinos del Realejo para preguntarle que cómo había dejado que pintara su casa, le dijo “yo le entiendo, pero mire el edificio que está construido aquí en la esquina, un monstruo cuadrado de hormigón; vamos a hacer una cosa, ponga su esfuerzo para que le pongan una barandilla, una balaustrada, algo para que parezca que es un edificio de la calle Molinos en el Realejo; cuando usted consiga eso, ya hablamos de las pinturillas en mi edificio”.


En la Alhambra no he pintado nunca, nadie lo ha hecho; ha habido un millón de escritores de grafiti y ninguno la ha tocado. Hay un respeto por las cosas; pero no siempre, no todo el mundo, y no todo es grafiti; no está hecho con la misma conciencia; un bote de spray lo puedes comprar en cualquier lado, nadie te pide el carnet de grafitero.

“El mundo está oscuro, ilumina tu parte”; las pequeñas poesías que acompañan tus obras siempre son mensajes de fuerza, de echar raíces, de caminos por explorar y encontrarse a uno mismo. ¿Son especialmente válidas en época de pandemia? Todo esto que ha pasado es un fastidio, un desastre; nuestro colectivo, como otros, está sufriendo su latigazo. Hay muchas historias tristes, trabajos parados, proyectos cerrados, pero no podemos quedarnos quietos. Quiero pensar que a la gente a la que le pasa es tan grande, que está viendo por donde puede continuar. Hay que intentar salir lo mejor posible, no podemos esperar que nos ayuden.

Si me están privando de pintar, no voy a quejarme de que no puedo hacerlo; voy a ir a pintar, tengo derecho

Muchas personas me han dicho “Raúl tenías que pintar contra esto o cagándote en lo otro”; yo intento no ir en contra de las cosas sino a favor de lo que yo quiero, porque ir en contra de algo lo que hace es fortalecerlo. Si me están privando de pintar, no voy a quejarme de que no puedo hacerlo; voy a ir a pintar, tengo derecho.